(Gran voz... dale al play)
Cada vez que sonaba el acordeón, todos los habitantes del pueblo se estremecían. Recordaban el día en el que la gran estatua negra se situó en la plaza del pueblo. Nadie supo cómo, se plantó de la noche a la mañana. Al principio todos paseaban con curiosidad, el alcalde lo inauguró y los domingos los viejos se sentaban al lado de su sombra. Pero empezó a sonar el acordeón cada atardecer, cuando el pueblo preparaba la cena y se disponía a descansar. Era una música lenta, oscura, fúnebre. Cada uno recordó a sus muertos, no solo a los que vivieron, si no a la parte más oscura de su alma. Comenzó con cinco minutos, pero al cabo del primer mes, ya eran dos horas. Algunos habitantes no lo soportaron y se fueron del pueblo, buscando la paz en las grandes ciudades, lejos de estatuas renegridas. Los más valientes, o los que menos posibilidades tenían, se tuvieron que quedar... Solos, con el acordeón.
La imagen es de Mitromanu



